Artículo adaptado del original, publicado en The Conversation

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Los incendios forestales son una parte clave del ciclo de vida de los bosques, pero también pueden ser devastadores. Autor: Eduard Plana

Recientemente en Francia, los incendios forestales obligaron a evacuar a más de 10.000 residentes y turistas en la zona de Bormes-les-Mimosas.

Días antes, en Italia, bomberos de todo el país combatían contra centenares de incendios forestales, exacerbados por el calor y la sequía acumulada.

A mediados de junio, los incendios forestales de Portugal se cobraron la vida de 64 personas en Pedrógao Grande, en el distrito de Leira.

Una semana después, en España, un incendio forzaba la evacuación de 1.500 personas de pueblos, campings y hoteles, amenazando el Parque Nacional de Doñana, uno de los parajes más emblemáticos de toda Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

A pesar de que los incendios forestales son un fenómeno veraniego habitual, no suelen acarrear consecuencias de tal severidad. La sucesión de dichos incidentes evidencia la necesidad de replantear la forma de gestionar el paisaje para proteger a las personas y mantener los ecosistemas en una era de rápidos cambios.

Una transformación profunda en el paisaje

Actualmente experimentamos un aumento generalizado del riesgo de incendio, incluso en aquellas regiones que mantienen una larga historia y una relación evolutiva con el fuego, como el Mediterráneo, el sur de Australia o el oeste de los Estados Unidos. Este incremento progresivo del riesgo es resultado del calentamiento climático, por un lado y del aumento del número personas que viven e interactúan en las inmediaciones del paisaje forestal, por el otro.

El hecho no es que los ciudadanos del sur de Europa se están mudando masivamente hacia zonas boscosas. Más bien al contrario, es el bosque el que está llegando a las zonas urbanas. A lo largo del Mediterráneo, décadas de cambios económicos y sociales han propiciado la despoblación de las áreas rurales a favor de las grandes urbes. Por ejemplo, en el año 1950, en España, el 50% de la población se asentaba en medios rurales, mientras que en los años 90 dicha población decayó en más del 25%.

Una de las consecuencias de este fenómeno es la pérdida progresiva de un paisaje tradicionalmente compuesto por mosaicos de tierras de cultivo, de pastoreo y de bosques rasos y claros, transformándose paulatinamente en paisajes dominados por bosques jóvenes, densos y extensos.

Las siguientes imágenes atestiguan dicha dinámica para una misma localidad catalana durante los años 1900 y la actualidad.

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Pont de la Frau, Solsonès, a mediados de 1900. Fuente: Consell Comarcal del Solsonès

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Pont de la Frau, 2016. Fuente: Marc Font

De la misma manera, las numerosas plantaciones forestales realizadas con fines productivistas o para la protección del suelo, pueden contribuir también al aumento del riesgo de incendio, principalmente durante las épocas prolongadas de sequías y altas temperaturas.

¿Cómo se puede gestionar el actual paisaje mediterráneo, caracterizado por sus ingentes cantidades de vegetación, para reducir los efectos adversos de los incendios forestales?

Debilitando al incendio 

Las estrategias integradoras que consideran los factores sociales, económicos y ecológicos ofrecen posibles soluciones para los paisajes expuestos al riesgo de incendio, ya sean rurales o urbanos.

La extinción de incendios es la forma más común de gestionar el fuego en los ecosistemas mediterráneos. A menudo esto implica el uso de vehículos y tecnología sofisticada para apagar los incendios poco después de su inicio. La extinción es una estrategia fundamental para mantener a las personas y sus bienes a salvo, pero su éxito conlleva la inevitable acumulación ininterrumpida de la vegetación, contribuyendo al aumento del riesgo de sufrir incendios severos y extensos durante los años siguientes.

Para gestionar esta acumulación de vegetación, se han popularizado las quemas prescritas en el sur de Europa, dada su capacidad para reducir la carga de vegetación y romper su interconectividad espacial. Esta herramienta es más efectiva en determinadas áreas, pues el fuego evoluciona según el tipo de vegetación y las interacciones con la climatología, la topografía y las condiciones locales. En este sentido, estudios recientes sugieren que las quemas prescritas son más eficaces para reducir el riesgo de grandes incendios forestales en el contexto portugués que en el español. Esto puede ser debido a que en Portugal la vegetación tiene una mayor influencia en el comportamiento del fuego, en contraposición a los demás factores.

La gestión del combustible forestal, ya sea matorral, hojarasca o arbolado, es particularmente eficaz cuando se prioriza sobre zonas estratégicas y sobre puntos críticos propios de las áreas rurales y urbanas.

En contextos rurales, la vinculación entre las actividades agroforestales y la reducción del combustible forestal, puede beneficiar a las economías locales – promoviendo la bioeconomía – y ofrecer oportunidades adicionales para la gestión eficiente del riesgo. La gestión forestal sostenible puede favorecer la creación de bosques abiertos con árboles dispersos que limiten la propagación del fuego entre las copas y generar simultáneamente beneficios a las economías locales, mediante la creación de puestos de trabajo tanto en el sector forestal como en el de producción de bioenergía.

El pastoreo es otra buena alternativa para la gestión del combustible y para disminuir cargas de vegetación en las cercanías del ámbito rural. En Francia, por ejemplo, esta actividad tradicional está ya integrada en sus prácticas habituales de gestión del riesgo, mientras que en otras zonas como Cataluña se está ensayando.

Finalmente, la agricultura también puede colaborar en la reducción del riesgo de incendios, mediante la generación de nuevos espacios abiertos que generen discontinuidad en el paisaje forestal. La recuperación de paisajes para el desarrollo de nuevos cultivos como la trufa o la viña actúa como un “cortafuegos verde”. Sin embargo, estas aproximaciones son incipientes y deberán ser ampliamente exploradas en los años venideros.

Involucrando a las comunidades locales

La educación y sensibilización de la ciudadanía en materia de incendios forestales es otro aspecto necesario para implementar una estrategia de prevención integral que evite que los incendios se conviertan en tragedias sociales.  Informar y formar sobre la seguridad y protección del hogar, sobre cuando evacuar zonas inseguras o sobre cómo realizar un confinamiento con garantías, son medidas esenciales para minimizar los daños causados por los incendios a lo largo del Mediterráneo.

Involucrar a las partes interesadas y afectadas durante el proceso de planificación (no solo inmediatamente antes o después de un incendio) facilitaría y promocionaría la asunción de responsabilidades. Para obtener un amplio apoyo y aceptación social de las estrategias de gestión del riesgo, resulta fundamental reunir y empoderar a grupos de decisión compuestos por representantes de las partes interesadas, como la sociedad civil, agricultores, ganaderos, empresarios locales u organizaciones ecologistas entre otros.

Un buen ejemplo en el que esta corresponsabilidad resulta útil es en la integración del riesgo de incendios forestales en la planificación territorial de las zonas urbanas y rurales. Las decisiones de dónde y cómo construir nuevas viviendas en áreas sensibles deberían basarse en un análisis detallado del riesgo de incendio. Es necesario que todas las partes interesadas comprendan el razonamiento de las decisiones tomadas.

Los beneficios del fuego

A pesar de la generalizada imagen negativa del fuego, éste no es siempre dañino. De hecho, la supervivencia de muchas plantas y animales dependen directamente del fuego e incluso en dosis apropiadas el fuego puede incrementar la biodiversidad de una región.

En los ecosistemas mediterráneos, algunas plantas dependen del fuego para completar su ciclo de vida. Otras, por el contrario, presentan adaptaciones, como gruesas cortezas o alta capacidad de rebrote, que les permiten o bien resistir al paso del fuego o bien reponerse rápidamente.

Algunos animales también se pueden beneficiar de las zonas abiertas generadas por el incendio, como por ejemplo el escribano hortelano, una especie de ave ruderal cuya población ha decaído en toda Europa y que coloniza y habita zonas recientemente quemadas.

A pesar de los ejemplos anteriores, en general la fauna y flora no están adaptadas a todo tipo de incendios y régimen de fuego, por lo que la conservación eficaz de la biodiversidad dependerá de alcanzar un amplio conocimiento sobre cómo la distribución temporal y espacial del fuego afecta a cada especie.

El conocimiento de la manera en que las plantas, los animales, los fuegos u otros procesos interactúan, es también clave para poder predecir cuándo y dónde podrían producirse futuros incendios. Actualmente los datos y modelos de propagación del fuego y ocurrencia de incendios pueden usarse para cartografiar el riesgo de incendio y su influencia sobre la sociedad.

Aunque no es posible eliminar por completo el riesgo de incendios, la adopción de estrategias más holísticas que integren los particulares factores sociales, económicos y ecológicos presentes en áreas afectadas por los recientes incendios del Mediterráneo, ayudaría a proteger a personas y sus bienes, así como a mantener los ecosistemas frente a un escenario de cambio climático irreversible.

Eduard Plana, Centro Tecnológico Forestal de Cataluña

Luke Kelly, Universidad de Melbourne – Centro Tecnológico Forestal de Cataluña

Marc Font, Centro Tecnológico Forestal de Cataluña

The Conversation