El incendio de Pedrógão Grande (Portugal) con más de 60 víctimas mortales contabilizadas a estas alturas, pone de manifiesto la complejidad de la gestión del riesgo en el actual contexto de cambio global. Al crecimiento de la vegetación forestal debido al abandono rural o la expansión del bosque y las plantaciones, se le suman condiciones meteorológicas extremas y recurrentes agravadas por el cambio climático.

Ambos factores, el cambio de usos del suelo y el cambio climático, están coincidiendo en espacio y en tiempo en muchos lugares. Una consecuencia directa es el aumento de la capacidad de los incendios de impactar a personas e infraestructuras. Es entonces cuando la protección civil pasa a ser una prioridad de primer orden que condiciona el global de la estrategia de gestión del riesgo. Esto significa que las actuaciones tradicionales de prevención sobre el combustible forestal (reduciendo la densidad de árboles, por ejemplo, en zonas estratégicas) deben verse complementadas con el conjunto de acciones que permitan reducir la vulnerabilidad social (mejorando la toma de conciencia sobre la propia exposición al riesgo y ofreciendo las herramientas para actuar), y aquí la cosa se complica.

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Desplegar la bioeconomía, en conjunto, debe permitir tirar de la cadena de los productos forestales y el mantenimiento del paisaje en mosaico, y en el marco de la gestión planificada conseguir unos bosques que nos “protejan” de los grandes incendios. CC0

No sólo son necesarios paisajes menos propensos a quemar en alta intensidad, sino también una sociedad y unas infraestructuras urbanas más resistentes al impacto de las llamas. Y eso pasa por avanzar hacia una mayor y mejor cultura del riesgo, en saber cómo actuar ante un incendio, cuando una evacuación de la zona incendiada es segura y cuando no lo es. Los protocolos de actuación deben ampliarse y hacerse cargo a la vez de la extinción del fuego forestal y del conjunto de emergencias civiles que se van multiplicando.

Sabemos que actuar sobre el combustible forestal es la manera más eficaz de reducir el riesgo de los grandes incendios. Valorizar las zonas de cultivo a través, por ejemplo, de la trufa o la viña en zonas marginales, tiene un efecto directo en la reducción del riesgo de incendio. El uso de la madera local y de la biomasa promueven la gestión de los bosques. Hay que reconocer los beneficios del pastoreo del sotobosque, uso cultural tradicional en el Mediterráneo que replica el control del combustible que de forma natural hacían los incendios recurrentes provocados por rayos.

Con todo, seguramente no se podrá actuar en todas partes y aquí es donde, como sociedad, hay que seguir debatiendo cuál es el umbral de riesgo que se quiere tolerar. O bien se potencia la evolución de las masas forestales abandonadas hacia estructuras naturales que las hacen resistentes al fuego (conocidas y sobre las que existen orientaciones y técnicas de gestión concretas como el fuego prescrito, concentrando el crecimiento de la biomasa forestal en menos árboles, más grandes y más espaciados). O bien el paisaje queda sujeto a la aparición de un nuevo gran incendio forestal.

Incluir la contribución de los beneficiarios de los servicios ambientales en la contabilidad por el mantenimiento del sistema son oportunidades no exploradas del todo. Integrar de una forma más directa el conjunto de los usos agrarios en la planificación estratégica del riesgo de incendio – desde el momento que muchos de estos usos ya están ahí – también es una opción a potenciar. Desplegar la bioeconomía, en conjunto, debe permitir tirar de la cadena de los productos forestales y el mantenimiento del paisaje en mosaico, y en el marco de la gestión planificada conseguir unos bosques que nos “protejan” de los grandes incendios. Y no menos importante, el riesgo de incendio se integrará de forma definitiva como elemento ordenador en la planificación urbanística y del territorio. Los asentamientos y las infraestructuras han de dotarse de las medidas preventivas adecuadas para hacer frente al impacto de las llamas, y hacerlo con recursos propios, desde las fases de la promoción del planeamiento, asumiendo los costes de protegerse los bosques, y de proteger los bosques de los mismos. Se trata de vasos comunicantes; toda mejora en reducir la vulnerabilidad de las personas e infraestructuras revierte en una gestión más eficaz del control de las llamas cuando el incendio se produce.

En este contexto de cambio global, por tanto, más que nunca, los elementos del ciclo del riesgo; prevención-preparación y respuesta están entrelazados. Las administraciones competentes en cada ámbito deberían trabajar de forma coordinada dentro de una estrategia global donde los tres elementos interactúan a corto, medio y largo plazo. Contemplando a la vez fórmulas participadas donde la sociedad se involucra no sólo en la ejecución sino también en el diseño de los planes preventivos y de actuación, tomando conciencia de su exposición al riesgo.

Hay, en definitiva, que actuar de forma conjunta sobre el peligro, la vulnerabilidad y la capacidad de respuesta, y hacerlo desde estructuras horizontales capaces de abordar la transversalidad de los componentes del riesgo. También entre la esfera local, regional, nacional e incluso, transfronteriza. Estableciendo el necesario clima de confianza entre el papel regulador de la administración y los ciudadanos y actores del territorio con sus derechos y deberes bien definidos. Esto requiere de una gobernanza del riesgo más integral, más integradora y más co-responsable. Apoyada en una contabilidad del riesgo que haga aflorar, de forma definitiva, los costes evitados de las medidas preventivas.

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La gestión tradicional combinada de aprovechamiento de madera y pastoreo (foto 1, Cataluña central) genera estructuras equivalentes a bosques con regímenes naturales de incendios recurrentes provocados por rayos y de baja intensidad, que controlan el crecimiento del sotobosque y los hacen auto-resistentes los grandes incendios forestales (foto 2, bosques de pino ponderosa en el norte oeste NO los EE.UU) (foto: E.Plana)

Con todo, los incendios continuarán aconteciendo, y las condiciones ambientales para que se produzcan se agravarán con el cambio climático. El riesgo cero no existe ni tiene sentido ecológico desde el momento en que el fuego es parte de muchos ecosistemas naturales. Hay que avanzar en tener la sociedad, pero también unos profesionales en el ámbito de la gestión de los espacios forestales, el planeamiento territorial, el urbanismo, la conservación de la naturaleza y la comunicación, preparados para convivir con el fuego, y los incendios devastadores, sabiendo como actuar para mitigar al máximo sus impactos negativos, especialmente sobre la vida de las personas y las funciones socioambientales y económicas de los ecosistemas y paisajes. Confiando en que la gravedad de este episodio sirva, como sucedido en otros incendios extremos recientes en Chile, EE.UU o Canadá, para seguir revisando, avanzando y mejorando la gestión del riesgo de los incendios forestales frente a los nuevos retos que plantea el cambio global .

Por Eduard Plana, experto en Incendios y Política Forestal. Centro Tecnológico Forestal de Cataluña